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Opinión en la edición de las Cuencas de La Nueva España de hoy…

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Para después de la huelga general

Pese al desalentador panorama, la calma y la abulia reinan actualmente en la sociedad

Por JOSÉ MANUEL BARREAL SAN MARTÍN

Tiene 46 años: «Sólo pido trabajo», dice con impotencia a quien quiera escucharle. La voz le tiembla: hombres y mujeres de hierro, personas forjadas en mil batallas, ahora sueñan como niños en la posibilidad de trabajar: «Dónde y cómo sea».

En la casa, de puertas adentro, la angustia de no tener trabajo se transforma en bronca con uno mismo y a veces con los allegados, la soledad, siendo mala, es la mejor amiga. Que no teman los empresarios y el gobierno: nada pasa. Hace tiempo que la voz se esfumó y volvió ronca.

El despido arbitrario, barato y subvencionado, el desmantelamiento de los convenios, el más que posible retraso de la jubilación a los 67 años, el recorte de los salarios públicos y privados, la congelación de las pensiones, la bajada de sueldo al funcionariado, todo en su conjunto es aterrador y martillea en la cabeza de las personas que sufren las consecuencias.

Sin embargo, a pesar del panorama, la calma y la abulia reinan socialmente. Si no es así, ¿ cómo explicarnos que, con miles de desahucios y camino de los cinco millones de parados, se vayan de rositas los causantes de la situación? Si la Huelga General del 29 de setiembre no fue un fracaso, como pienso ¿Dónde arraiga, entonces, la conformidad, la mansedumbre, dónde se asienta la impotencia?

La memoria de André Gorz (1923 /2007), especialista en la problemática del trabajo, campea en el recuerdo cuando manifestaba: «El trabajo tenderá a ser un bien cada vez más escaso en el futuro». Y, a la vista de lo que está sucediendo, aquella afirmación de hace cuarenta años se está convirtiendo en una profecía autocumplida. Por el momento, como anticipaba el mismo Gorz, las grandes empresas están concentrando el trabajo en unas pocas manos en lugar de repartirlo entre una mayor cantidad de empleados no porque estos tengan aptitudes superiores a las de los demás, sino porque es económicamente más ventajoso y genera en los asalariados una sensación de privilegio y de pertenencia, implantando, así, una «pequeña élite» y agrega «cuanto menos trabajo hay para todos más tiende a aumentar la dureza del trabajo para cada uno».

Un mundo sin trabajo, algo a lo que siempre aspiró al capitalismo: obtener el mayor lucro sin necesidad de aguantar y de soportar quejas y reclamos sindicales. Un panorama social que lo tenemos encima, que nos amenaza y que nos obligará a replantearnos política y socialmente nuevas formas de convivencia y de supervivencia.

Ante este panorama, que entiendo no es exagerado ni pesimista, sino realista, qué hacer, se preguntan las gentes de buena voluntad. A mi juicio, la alternativa es compleja y no es un tópico tal aserto. Lo que sí no es alternativa es esperar que «las vanguardias proletarias» tomen el palacio de invierno del capitalismo; la política neoliberal sirvió y está sirviendo no sólo para haber llegado a la situación actual sino también para quebrar el proceso organizativo de la izquierda y en esto estamos. Lo que tiene por delante la izquierda es sumamente difícil y más si se claudica con el voto escorado hacia una derecha que oferta, si es que lo hace, propuestas clientelistas y salidas individuales.

Estamos en el tiempo en que los poderes económicos extienden la ofensiva no ya contra los trabajadores, sino contra toda la ciudadanía traduciéndose en la pérdida de peso social y de capacidad para organizar y movilizar. Así, con estos mimbres, la defensa de los derechos sociales y económicos de la clase trabajadora y de la ciudadanía en general estará directamente determinada por una reconstrucción de los vínculos entre la política y la sociedad desde una perspectiva de «la política como ética de lo colectivo». El resto son fuegos artificiales.

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