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Así son las cosas…

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Cien días y quinientas noches

Por Pedro Reyes Díez

nuevatribuna.es

“Cualquier exceso de un contrario que sobrepasa la medida asignada es castigado por la muerte y corrupción….” Heráclito (535-484 A.C).

Sin duda Rajoy leyó muy mal el resultado electoral del pasado 20-N y se precipitó al interpretar como voto propio el aumento de 500.000 votos que había cosechado con relación a las elecciones de 2008, un aumento relativamente escaso, si se le compara con la magnitud de la mayoría absoluta que le otorgó, por efecto del sistema proporcional y la abstención, que como norma suele castigar a las opciones de izquierda en elecciones de ámbito nacional.

El voto obtenido por la derecha española en las últimas elecciones generales fue ante todo un voto de castigo a la gestión que hasta ese momento había hecho el PSOE de la crisis, una gestión percibida por la mayoría de la sociedad como atropellada y sin rumbo cierto. En la conciencia de muchos ciudadanos anidó la vaga esperanza de que el dinero siempre se entiende mejor con la derecha y que con esta gobernando había alguna posibilidad mas de salir de la crisis.

Esos mismos ciudadanos, con buena intención pero ingenuamente, llegaron a creerse por la misma razón –el dinero es de derechas-, que el argumento que Rajoy venia utilizando desde hacia meses de que su sola presencia en el gobierno daría confianza a los mercados, era un argumento creíble y que con Rajoy en la Moncloa a España le iría mejor en Europa ¡Hasta aquí!

A partir de aquí, cualquier interpretación que concediera al voto ciudadano otras connotaciones, tanto de carácter político como económico, solo podían conducir a cometer errores de bulto en la gestión política de la mayoría obtenida como esta ocurriendo en la acción de gobierno del Partido Popular cuando solo se cumplen 100 desde que Rajoy llegó a la Moncloa.

Pero el verdadero problema de la derecha española no es su falta de reflejos para interpretar la voluntad de los ciudadanos, su problema consiste en seguir pensando que los ciudadanos son un mero obstáculo que se interpone entre ellos y el poder y, una vez conseguido este, tienden a despreciarlos en su forma de gobernar. La derecha española sigue considerando a los españoles incultos, poco informados, desinteresados por los problemas comunes reacios a la participación y profundamente insolidarios.

Este retrato presidió su campaña electoral de las últimas elecciones generales, donde de forma burda ocultaron sus verdaderas intenciones, pensando que en política todo vale.

Este retrato ha presidido las primeras iniciativas de gobierno en las que han hecho, todo lo contrario de lo que habían proclamado que jamás harían; subir impuestos, abaratar el despido, atacar la sanidad y la educación públicas para hacer negocio y por último, una amnistía fiscal vergonzante.

Este retrato ha presidido igualmente las elecciones en Andalucía, una campaña arrogante del tradicional señorito andaluz que Arenas representa a la perfección.

En términos políticos el PP se ha apresurado a coger esos 500.000 votos prestados con la intención de hacer una verdadera involución conservadora en materia de derechos civiles y sociales. Raro es el ministro o la ministra que no ha corrido a poner su granito de arena en este empeño, los más patéticos sin duda, Gallardón y Wert, en sus particulares nuevas cruzadas de Cid´s Campeadores. Es excesivo que el PP se haya aventurado a secuestrar esos votos ideológicamente, si lo sigue haciendo pagará irremediablemente las consecuencias.

La doctrina del shock no ha funcionado, el PP ha insistido en menospreciar la capacidad de reacción de la sociedad española, ya le pasó en 2004, en la creencia de que más de 5 millones de parados y un horizonte cubierto de nubarrones eran la combinación perfecta para arremeter contra el Estado Social y utilizando la crisis como coartada eliminar conquistas de décadas.

No tan rápido, no basta el aliño de una batería de medidas populistas: la guía de buenas prácticas para la dación en pago, un nuevo anuncio de reestructuración financiera, el enésimo, que solo servirá para regalar a las grandes bancos otros de menor tamaño, pagando un alto precio en despidos y en dinero público, o la ocurrencia reciente de anunciar que volverá a subir el límite de velocidad, para enmascarar la agresión sin precedentes que significa la reforma laboral.

Y mucho menos cuando por toda explicación para justificar esas medidas que afectan al presente y al futuro de varias generaciones, Rajoy vuelve a la foto fija de la sociedad ignorante y poco informada y argumenta que es lo que España “necesita”.

¿Qué España necesita retroceder 50 años en su historia? Desde luego no la España de los españoles, habitada por hombres y mujeres de toda condición, dispuestos a dar cuantas lecciones sean necesarias cuando sus gobernantes se despistan.

El Partido Popular ha tenido una buena prueba de ello, se acostó el viernes 23 de marzo soñando con el triunfo en Andalucía y ha despertado justo una semana después de una larga pesadilla con las plazas y las calles de las ciudades españolas a reventar de ciudadanos y ciudadanas que les exigen una rectificación inmediata.

No parece que el largo sueño haya tenido ningún efecto reparador, su primer gesto en vez de para con sus ciudadanos ha consistido en correr al resguardo de los mandatarios europeos, los mismos que un día si y otro también están dispuestos a llevarnos al abismo si con ello conservan el poder en sus países. De repente en Europa cuando los gobiernos nacionales pierden legitimidad en sus países salen corriendo a Bruselas para recuperarla con cualquier funcionario de cualquier comisión. Bueno son tantos que siempre hay alguno dispuesto.

Son varios los analistas que califican la situación del PP a solo tres meses de su triunfo arrollador como de estar en una tremenda encrucijada, o Bruselas o sus electores, los propios y los prestados, que casualmente son los que hacen ganar o perder elecciones.

En lo que a mí respecta la situación de Rajoy, un creyente con la inmensa alegría de vivir dos semanas de pasión, me sugiere una metáfora, aquella de la película tradicional americana en la que el magnate celebra una fiesta en su lujosa mansión y de forma inesperada se le acaba el hielo y tiene que dejar de atender a sus invitados más insignes para ir a la parte trasera porque ha llegado el chico de la tienda con el hielo. A la hora de pagarle, tiene dos opciones; o hacerlo inmediatamente, para lo cual habrá de subir a la planta de arriba a por la cartera y puede que por el camino incordie a varios de sus invitados, o por el contrario echar con cajas destempladas al muchacho para que vuelva otro día para que su mujer le pague el hielo. Los inteligentes suben a por la cartera y pagan de inmediato, los arrogantes despiden al dependiente con cajas destempladas, sin advertir que el dependiente cuando vuelva a cobrar lo hará sin delantal y recién salido de la ducha.

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