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Las decisiones médicas

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La Nueva España.

Dicen los expertos que el médico es el profesional que más decisiones toma.

Básicamente son de dos tipos: la elección de las pruebas para diagnosticar al paciente y la elección de las intervenciones para curarlo, o al menos aliviarlo. Son decisiones en las que frecuentemente se enfrenta con la incertidumbre y en las que está sometido a la presión de la industria tecnológica, de la cortedad de recursos, de la premura del tiempo, de las recomendaciones clínicas y de las expectativas y preferencias del paciente.

No debe extrañar que los médicos sufran con tanta frecuencia el síndrome de quemado, un tipo de estrés.

Decía que el médico siente la presión de la industria tecnológica. Ella es experta en lograr que los médicos elijan sus productos, saben que su ventas dependen lo que ellos haga en el día a día. Además de las pruebas científicas con las que los bombardean y de conseguir que los profesionales con más reconocimiento se presten a explicar las bondades de su producto empaquetado en conferencias de alto nivel científico, compran a los médicos de a pie invitándolos a reuniones, cursos y congresos. La mayoría de los médicos sienten que es una necesidad acudir a estos eventos, pues es allí donde discuten, aprenden, comparten. Y no irían si lo tuvieran que pagar de su bolsillo. La industria tecnológica los invita aparentemente a cambio de nada. Pero en el subconsciente queda esa deuda y por una suerte de altruismo recíproco, se la pagan en la práctica clínica. Así se crea un conflicto moral.

 

Otra situación que se vive como un conflicto es la de atender a las preferencias del paciente mientras trata de elegir la opción más correcta. Creo que es un conflicto saludable, una oportunidad para progresar en el camino correcto. Hasta no hace mucho la relación médico enfermo era paternalista. El enfermo, que se consideraba a sí mismo ignorante e incapaz de aprender o entender, se ponía ciegamente en manos del médico. Dicho crudamente, el que vendía el producto decidía qué necesitaba el comprador. Las cosas están cambiando poco a poco. Los pacientes ya no son ignorantes ni los médicos todopoderosos. El camino al que me refiero es el que lleva a colocar al paciente en el centro de la atención, de manera que sean su necesidades y preferencias las que guíen las decisiones. La mente, dice la teoría, es la capacidad de ponernos en el lugar de los otros. Esto es a lo que debemos aspirar, a que el médico vea con los ojos del paciente. Algunos pacientes, o en algunas situaciones, preferirán descargar toda la responsabilidad en el médico. Otros exigen ser ellos los principales protagonistas. Son posturas legítimas. Tienen derecho incluso a elegir algo que a la vista del médico o la ciencia es equivocado. Se hace todos los días, como es el caso del paciente que opta por fumar a pesar de que en la consulta, al conocer que fumaba, se le aconsejó que lo dejara. Puede ser que juzgue que los beneficios que el tabaco le proporciona son superiores al perjuicio o que el esfuerzo del abandono le resulta imposible en ese momento o simplemente que elige vivir así. El respeto a esa decisión es fundamental. En una relación ideal, el paciente debería poder expresar esta actitud. La cuestión que se puede plantear es si en la siguiente consulta el médico debe explorar su comportamiento respecto al tabaco. Creo que lo correcto es preguntar si fuma y en caso de hacerlo preguntarle si quiere discutir ese extremo. Si no quiere, ahí se acaba la intervención. Lo que creo que no debería hacer es añadir malestar al que seguramente ya tiene por fumar, es decir, recordarle una vez más los perjuicios del tabaco cuando ya tiene tomada la decisión de seguir fumando.

 

Otra cosa es la influencia en la sociedad de un comportamiento que deteriora la salud de uno de sus miembros. Es un problema económico, porque serán preferentemente los individuos sanos los que carguen con el coste de las consecuencias de esa conducta poco saludable: el tratamiento, la baja laboral, la invalidez etcétera. Y generalmente pagarán más los que están más sanos, los que se cuidan más. Se podría plantear el derecho de la sociedad a exigir a sus miembros comportamientos saludables o bien a cargarles con un impuesto por «contaminarse». Sería difícil de llevar a cabo y desastroso para la sociedad. Difícil porque, dónde se pone el límite a lo que es libre decisión individual o consecuencia de las presiones y opciones sociales, los azares o la propia genética. Desastroso porque rompería importantes lazos de solidaridad y esa idea de equidad que tanto cohesiona: dar más a quien más lo necesita.

 

El médico es el profesional que más decisiones toma. En ellas cada vez ha de tener más protagonismo el paciente.

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