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OPINION

Al hilo del debate abierto por el Sr. Consejero sobre si todos deberíamos o no cobrar igual…

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DESDE MI VENTANA LO VEO ASI

Antes hay que despolitizar y democratizar la gestión…

Se dice en el último documento elaborado por el Consejo Interterritorial de nuestro Sistema Nacional de Salud titulado “ACCIONES Y MEDIDAS PARA PROMOVER LA CALIDAD, LA EQUIDAD, LA COHESION Y LA SOSTENIBILIDAD DEL SISTEMA NACIONAL DE SALUD” que “… se considera necesario trabajar para definir criterios comunes para las retribuciones que permitan incrementar la productividad y la calidad de los servicios de salud y establecer procedimientos de planificación compartidos”. Se dice, y a la par, en la línea del necesario “Pacto por la Sanidad” que ya muy pocos cuestionan, se trabaja en la idea, entre otras, de que nuestro Sistema Nacional de Salud, en política de recursos humanos, no puede ser la suma independiente de 17 Servicios Autonómicos que compiten entre sí en lugar de colaborar y coordinarse en el todo único que conforma el SNS en nuestro país…

En ese contexto, y sólo en él es dónde hay que plantear este debate sobre las retribuciones de los profesionales en un marco rígido de igualdad absoluta o en un marco flexible de posibles desigualdades…

¿Tenemos que cobrar todos lo mismo en nuestras respectivas categorías profesionales?...

La respuesta hace años que se dio y es que NO. Incluso se pusieron en práctica con la aquiescencia sindical algunos medios, pero tanto las políticas de incentivos variables (CPV) como los de las Carreras Profesionales, han fracasado en la introducción de la aplicación de un sistema que ligara objetivamente el esfuerzo individual óptimo en cantidad, calidad y seguridad, con un incentivo económico o de otro tipo.

¿Deberían estos fracasos hacernos reflexionar sobre lo oportuno de la necesidad de establecer este tipo de mecanismos incentivadores? O del análisis de las causas de los fracasos ¿podemos extraer cuál es el elemento que una y otra vez se repite para que fracase algo que hoy se hace imperativamente necesario…?

Cualquier trabajador de la salud de cualquier ámbito sabe responder sin titubear esta cuestión: … los incentivos, hasta ahora, han estado cargados de elementos subjetivos en su evaluación, lo que propicia los amiguismos, la discriminación injustificable por adscripciones personales o políticas … ¡¡todo lo contrario de la profesionaldad!!

Y en ello tiene mucho que ver la ausencia de una carrera de gestión que apueste nítidamente por la profesionalización de los distintos niveles de responsabilidad, y el definitivo abandono de la instrumentalización política de la misma.

¿Puede y debe haber incentivos?

Sí, pero antes los políticos deberían de dejar de utilizar la sanidad como instrumento partidista y transferir la gestión a los profesionales que, a su vez, sólo deberían ser controlados a través de los adecuados mecanismos de participación ciudadana…

De no hacerse así todo intento de introducir éste estímulo fracasará.

Ahora hay un nuevo instrumento capaz de propiciar esto en el ámbito de nuestra Comunidad Autónoma: Las Unidades de Gestión Clínica…

Pero ya están cuestionadas por su “politización”, especialmente las del HUCA …

Está claro que así nunca llegaremos muy lejos.    

Por GERMÁN TEMPRANO...

 

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Amagos fiscales

Los amagos del Gobierno en política fiscal han sido propios de un novillero miedoso y malo. Hasta donde se puede constatar el único impuesto que ha subido al calor de la crisis es aquel que afecta a todos por igual, es decir el IVA, aunque no significa que su incidencia en las economías familiares sea la misma.

NUEVATRIBUNA.ES

Por mucho que el ministro de Fomento trate de no cortarnos la digestión tras la ingesta de una paellita en el chiringuito, eso de tachar de reflexión personal una posible subida de impuestos no se lo cree ni un forofo del Atleti y mira que tienen fe. De ser así, dado el hábito del señor Blanco a acudir a un plató a explicar las cosas, en esta ocasión, en vez de ir a La Noria, sería más procedente concertar una entrevista con Jesús Quintero. Además de la intimidad contaría con la ventaja de aprovechar los legendarios silencios del entrevistador para meter una cuña electoral por la patilla. De todos modos, tampoco sería necesario anunciar estas medidas con anestesia. Si se quieren tener servicios, vías y carreteras habrá que pagar por ello. Sólo nos falta que nos digan cuándo, cuánto y a quién se los van a incrementar.

Por el momento, los amagos del Gobierno en política fiscal han sido propios de un novillero miedoso y malo. Hasta donde se puede constatar el único impuesto que ha subido al calor de la crisis es aquel que afecta a todos por igual, es decir el IVA, aunque no significa que su incidencia en las economías familiares sea la misma. Más gravoso para quien menos tiene y mucho más llevadero para quien vive con holgura. Si ahora se trata de que las rentas más altas soporten algo más de peso tributario hace tiempo que, más que una reflexión, debería haber sido un decreto. Se ha perdido tiempo y dinero.

Un dinero que ha salido de los bolsillos de los trabajadores y de los jubilados mientras las rentas de capital se han ido de rositas del ajuste. Claro que dirán que bastante castigo han tenido con ganar la mitad de millones de euros que el año anterior. Y no les falta razón. Angelitos. La secuencia política por la que optó el gobierno de Zapatero delata que, de concretarse este cambio fiscal, no será tanto por convencimiento como por el bochorno que supondría crujir de nuevo a los mismos. En el caso contrario, lo último, y sólo en caso de extrema necesidad, hubiera sido justo lo que se hizo lo primero. Es decir, poner manos arriba delante de un trabuco publicado en el BOE a los salarios y a las pensiones. Visto que el botín no alcanza para tapar los agujeros, y aun a riesgo de molestar, el ministro no descarta pues que ahora sean las clases sociales con más posibles quienes arrimen el hombro con la grima que les debe dar esa cercanía corporal con gentes que incluso compran el desodorante en el Lidl.

Claro que tampoco especifica en qué tramos de renta piensa de manera personal e intransferible. Y debería, él o quien corresponda, y una vez tirada la piedra, detallar si contribuyentes que ya han padecido recortes notables en sus nóminas también van a ser paganos por partida doble a través de su declaración de la renta de una crisis que, lejos de provocar, sólo han padecido de manera múltiple. Quizás no sea la forma más idónea prevenir de una modificación tributaria tras el disfraz de una ocurrencia personal por muy ministro que se sea. Sin embargo, menos adecuado parece aún, no ya desde la ideología sino desde el sentido común, no apretar las clavijas con valentía a aquellos que fueron los mayores beneficiarios en el pasado de un clima financiero que ha traído los desastres del presente y las hipotecas del futuro.

De todos modos, sólo recordarle al ministro Blanco que ese loable empeño que pone en llevarnos a la Primera División de la UE en materia impositiva bien podría ser extrapolable a otros ámbitos. No sé qué le parecería, por ejemplo, que el salario mínimo de España se equiparara al de Francia que es justo el doble o que opinión le merecería ajustar la pensión máxima a la de los jubilados alemanes o finlandeses. Ya que nos ponemos europeos que no falte de nada. Otra reflexión personal como otra cualquiera. Y eso que todavía no me han nombrado ministro.

Germán Temprano es escritor y periodista

La sensatez de los asturianos ante la deriva autonómica


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 El escritor Ramón Pérez de Ayala atribuía a los asturianos un sexto sentido: el de darse cuenta de las cosas. Pérez de Ayala asociaba ese «darse cuenta» al humor y la guasa con que los habitantes de esta tierra se toman la vida, una acidez exacerbada, mayor que la de cualquier otra comunidad, que permite abordarlo todo, lo serio y lo cómico, con un prudente escepticismo, cuando no directamente con cierto grado de desdeño. Quizá ésa, además de virtud y seña de identidad regional, pueda constituir a la vez una traba para Asturias, un freno a ese espíritu emprendedor al que tanto le cuesta aflorar en estos tiempos.

 Acertadas o erróneas las observaciones ayalinas, hay que reconocerle al pueblo asturiano -lo acredita fehacientemente su pasado- instinto para intuir los instantes trascendentales del devenir histórico, esos momentos de ruptura ante los que siempre supo situarse en vanguardia.

 

Viene esto a cuento del último Barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que fue divulgado en exclusiva por LA NUEVA ESPAÑA el pasado domingo. De los resultados obtenidos, lo más revelador, y lo más distintivo con respecto a otras comunidades, es que en Asturias ha aumentado de manera insólita, como en ninguna otra parte, el porcentaje de personas que rechazan la deriva de las autonomías. Los asturianos reclaman un giro hacia posiciones territoriales más equilibradas, lo que podríamos definir, simplificándolo, como un retorno al centralismo.

 Comparado con sondeos similares de años anteriores, el viraje es tan brusco que no deja lugar a dudas. Por acudir a los extremos, de un 31% de asturianos que en 2002 creía que las comunidades autónomas deberían tener más poder, hemos pasado a sólo un 9,8% que opina lo mismo. Un escueto 8,9% de asturianos defendía hace ocho años un Estado sin autonomías. Hoy, los militantes de esa tendencia son casi el doble. Y muchos más -uno de cada tres- si les sumamos el 18,6% de ciudadanos partidarios de recortar las alas a las regiones.

 En fin, los asturianos no hacen más que expresar lo que ya algunos grupos de pensadores y profesores de referencia, incluso socialistas, empiezan a verbalizar, aunque sólo con sordina por temor a que los adalides de lo políticamente correcto les tilden de retrógrados. Tras tres décadas en construcción, tras una carrera inacabable de cesiones y concesiones, hay que replantear el estado autonómico. Necesita límites, líneas rojas claras e infranqueables.

 Hay quienes ven en esta tendencia una añoranza asturiana del estatismo, una involución o el primer fruto de ese otro nacionalismo español que empieza a cultivarse. Interpretarlo de ese modo es no entender, una vez más, el mensaje. Lo que los asturianos piden no es acabar con las autonomías. Incluso valoran como altamente satisfactorias y bien gestionadas la educación y la sanidad, precisamente las mayores competencias que están en manos de las comunidades. Lo que los asturianos están diciendo es que se ha llegado demasiado lejos. Mucho más de lo que les hubiera gustado.

 Se empieza haciendo como Areces de palmero de la España plural de Maragall y se acaba así, con un caballo desbocado al que no hay forma de tirarle de las bridas. Y esto, ahora tenemos la evidencia científica, no es una preocupación exclusiva de una casta de enterados, sino también del ciudadano corriente. La sociedad regional, con su opinión, se está alzando contra la fragmentación y la desigualdad a la que el proceso conduce si se lleva de manera desordenada y fuera de madre, como en los últimos tiempos. Es el clamor contra una España que acabará hemipléjica si no se impone un mínimo razonable de políticas justas y homogéneas.

 Una encuesta no es un oráculo, pero acaba conformando un fiel espejo de la realidad. No debieran caer estas opiniones en saco roto entre la clase dirigente. Igual que otras, menos sorprendentes pero igualmente significativas, incluidas en el mismo análisis. Como que no hay región que se crea tan poco preparada para salir de la crisis como la nuestra -el congénito pesimismo astur- o que ninguna otra comunidad considere a su Gobierno autonómico más ineficaz y más incapaz de defender los intereses regionales frente al Estado que la asturiana. Salta a la vista: para la Autovía del Cantábrico y aquí no pasa nada, el Principado asiente.

 Porque el futuro depende de nuestras propias decisiones es necesario reflexionar y debatir estas cosas. Una sociedad que no piensa sobre sí misma está moribunda. Por encima de sus supuestos líderes, una vez más emerge la sensatez de los asturianos, esos hombres de «cabeza clara, abierta, sin prejuicios, sin manías, sin nieblas interpuestas» que describió Ortega y Gasset. También ahora, como en la época en la que el filósofo acuñó ese elogioso retrato, Asturias necesita una voz propia para «derramarla en la gran anchura de nuestra nación».

 Llegan tiempos de cambio en los partidos mayoritarios asturianos, que van a remover candidaturas. Los aires nuevos y los sentimientos que trasluce el Barómetro del CIS son los mejores ingredientes para empezar a cocinar ese discurso distinto y valiente que resintonice con el sentir de los asturianos.

Quite las manos de mi pensión


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La congelación de las jubilaciones y la gran caída en las expectativas electorales de Zapatero

Por XAVIER DOMÈNECH

No debían haber tocado las pensiones. Todo lo demás se les podía perdonar, pero no las pensiones. Los funcionarios gozan de una ancestral mala fama que convierte en popular la decisión de convertirles en las primeras víctimas de cualquier plan de austeridad. Es una fama injusta las más de las veces: gentes perezosas las hay en todas partes, y encontraremos tantos maleducados con disfraz de camarero como en las ventanillas oficiales, pero nuestra cobardía se ensaña con el funcionario porque no nos atrevemos a sublevarnos contra quienes mandan de verdad. De modo que los gobernantes podrían pasar el cepillo por los sueldos funcionariales, lo que sólo les haría perder el amor de los propios afectados, mientras que el resto del país aplaudiría. Pero los pensionistas son otra cosa. Los pensionistas son indefensos por definición, y provocan nuestra más firme empatía. Sufrimos cuando ellos sufren. Cuando nos advierten de que cientos de miles se ven abocados al límite de la pobreza, nos rebelamos. Además, sus dificultades también recaen sobre nosotros: a pesar de las tristes noticias de ancianos solitarios y abandonados, lo cierto es que la mayoría vive de sumar la pensión y el apoyo de la familia, y si la una se congela, el otro debe incrementarse. Finalmente, todos somos pensionistas: de presente o de futuro. La cualidad de pensionista está inscrita en nuestro DNI, y sólo indeseables accidentes impiden desplegarla a su debido tiempo. La congelación de las pensiones de hoy empobrece nuestro mañana, el de cada uno. Y aún lo empobrece más el anuncio de que se retrasará la edad de jubilación y se endurecerá la base base del cálculo. Quien más quien menos está dispuesto a pasar un mal trago en el presente, porque todos sabemos que el momento es difícil, pero nos da mucho miedo que nos desmonten el mañana, y odiamos profundamente a quien nos hace pasar miedo -salvo en el cine-.

 Las pensiones. Ahí está la clave de la gran caída en las expectativas electorales de Rodríguez Zapatero, este 6,5% de distancia que ya obtiene el Partido Popular, a pesar de que Mariano Rajoy aún no ha explicado cuál es su alternativa para gestionar el déficit de hoy y la demografía adversa de mañana. Ni la explicará, porque entonces sería él quien bajaría en las preferencias de los electores. Gobernante y aspirante suspenden estrepitosamente en valoración y confianza, pero la táctica avinagrada del PP sintoniza mejor con el elevado nivel de acidez de la mayoría de los ciudadanos.

Otras políticas públicas son posibles y necesarias


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Vicenç Navarro  Más artículos de este autor / a

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NUEVATRIBUNA.ES - PARA FUNDACIÓN SISTEMA

...propuestas tanto por el gobierno español como por el mayor partido de la oposición, el PP. La reducción de la calificación de los bonos  .(LEER MAS)

Por GERMÁN TEMPRANO


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Un guiso de izquierdas con recetas de derechas

El Gobierno no sólo ha causado un perjuicio doméstico a los damnificados de sus recortes sino que ha dañado la credibilidad de la izquierda al aplicar en tiempos de crisis recetas de la derecha que, en muchos casos, ni ésta se hubiera atrevido a adoptar.

NUEVATRIBUNA.ES 02.08.2010

Después del recorte de salarios a los trabajadores, la congelación de pensiones, la barra libre de los despidos y la inminente amenaza sobre la ampliación de la edad de jubilación, queda claro que Rajoy, de llegar a ser inquilino de Moncloa, digo como presidente no como becario de la Erasmus, se podrá entregar en cuerpo y alma a lo que mejor se le da hacer. Es decir, nada de nada. Y eso por mucho que se comprometa a regresar en septiembre con ganas de trabajar. Lo ha anunciado a través de un vídeo que, dicho lo dicho, se ha convertido ya en un clásico del género de la ciencia ficción. Y encima ha sido tan poco solidario que no sólo no se aprieta el cinturón en estos tiempos de austeridad sino que ni siquiera de lo pone en el coche. Casi mejor que don Mariano descanse aunque no sepa de qué y sea Zapatero quien se quede sin vacaciones. Que aproveche así para ensayar ante el espejo esos tonos afectados con los que nos participa la siguiente tropelía social por el bien de España. Primero fue ese ‘lo haré cueste lo que me cueste’ y ahora ese ‘en los dos próximos años nos jugamos el bienestar de los veinte siguientes’. No es por importunar pero, de ser así, ¿qué han estado haciendo hasta ahora?

Desde que algún asesor gubernamental debió leer en el envoltorio de un adoquín zaragozano alguna cita de Weber todo ha sido un no parar. Bajo el paraguas de la ‘ética de la responsabilidad’ que acuñara el intelectual alemán se ha cobijado todo aquello que ni la coherencia ni la ideología hubiera admitido bajo sus alas. El Gobierno no sólo ha causado un perjuicio doméstico a los damnificados de sus recortes sino que ha dañado la credibilidad de la izquierda al aplicar en tiempos de crisis recetas de la derecha que, en muchos casos, ni ésta se hubiera atrevido a adoptar. Tampoco debería cundir el desánimo. No es que la izquierda no tenga soluciones; seguramente es que el señor presidente no ha tenido valor para ponerlas en marcha. Que a día de hoy, después de vapulear las economías de los más débiles, se siga sin saber qué contribución fiscal añadida van a tener las rentas más altas es tan elocuente que por sí mismo valdría para no acudir en un lustro a Rodiezmo.

Que sea la derecha nacionalista, en este caso la vasca, quien te pare el carro de las causas de despido por entender que la liberalización que se propone es excesiva debería dar que pensar siempre que esa fe ciega, o impostada, de que todo se perpetra por el bien común dejara margen a la reflexión. Uno no se lo pide a Leire Pajín, que para imposibles ya tengo yo mi lío con la Angelina Jolie, pero sí le gustaría que voces como las de Antonio Gutiérrez no se apagaran entre la turbamulta de la obediencia debida. Sólo así le evitaría a uno tener que darse una ducha fría después de sorprenderse a sí mismo dando la razón a Montoro cuando despotrica en la televisión contra la reforma laboral. Y de eso se pasa a gritar un gol del Barça en menos que canta un gallo.

Con esas cosas no se juega. Menos aún con las expectativas de los ciudadanos que votaron a un partido socialista que, más allá del logo en la papeleta, lo demostraría cuando había que demostrarlo. Bien estuvo, y así se aplaudió, la retirada de tropas o la aprobación de las bodas entre homosexuales, pero dos bonitos colores en una paleta no pueden por sí solos pintar un cuadro al óleo. Cuando ha llegado la hora de rascar en los bolsillos todo ha vuelto a esta estomagante normalidad. Cómo será de normal que mientras te revisas la poda de la nómina, uno de los grandes bancos sólo ganó 4.445 millones de euros en seis meses. Un 1,6% menos que el año anterior ¿A estos miserables números es a lo que llama Zapatero recuperación?

German Temprano es escritor y periodista

Por JOSÉ MARÍA ZUFIAUR

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Hacia una nueva refundación de la socialdemocracia

Si la izquierda ha llegado a esta situación es porque ha sido incapaz de adaptar su programa, sus métodos de acción y de organización a los cambios que se han producido en el capitalismo. Pero, también, porque la socialdemocracia predica una cosa y hace otra.

NUEVATRIBUNA.ES

PARA FUNDACIÓN SISTEMA

El fracaso de la izquierda europea y, especialmente, de la socialdemocracia ya que es el componente inmensamente mayoritario de la misma, en las últimas elecciones al Parlamento Europeo, en un momento en que todos los gobiernos volvían a las recetas keynesianas para hacer frente a la crisis financiera del capitalismo, dio un primer aviso de lo que estaba pasando. Su marginación de los Gobiernos nacionales de los Estados miembros de la UE – 23 sobre 27 están dominados por la derecha – había sido ya la segunda constatación de su propia crisis. Y la impotencia de la izquierda europea para dar a la crisis financiera y económica, una vez evitada al menos de momento con el dinero de los contribuyentes la quiebra del sistema financiero, una respuesta diferente a la de los recortes presupuestarios, la reducción de los derechos sociales y la disminución de las rentas del trabajo para seguir manteniendo las del capital – una respuesta conservadora que, precisamente, a quienes más está afectando es a los gobiernos socialdemócratas del sur de Europa (Grecia, Portugal y España) – ha puesto definitivamente en el centro del debate la necesaria refundación de la socialdemocracia y de la izquierda en su conjunto.

Si la izquierda ha llegado a esta situación es porque ha sido incapaz de adaptar su programa, sus métodos de acción y de organización a los cambios que se han producido en el capitalismo. Pero, también, porque la socialdemocracia predica una cosa y hace otra.

Mientras que el capitalismo se ha hecho global la izquierda sigue, básicamente, anclada en los ámbitos nacionales. A partir de los años setenta del pasado siglo, hemos ido pasando paulatinamente de un capitalismo industrial y nacional a un capitalismo globalizado y de hegemonía financiera. Los mercados, las empresas, la producción se han globalizado y el capitalismo financiero se ha convertido en hegemónico en la actividad económica. Las tecnologías de la información y la comunicación han hecho posible la fragmentación de la producción y la deslocalización de las empresas. La transmutación de las antiguas potencias comunistas, la ex Unión Soviética y China, hacia el capitalismo más total, además de la emergencia de otros países al comercio mundial, han puesto en concurrencia a los trabajadores occidentales con los asalariados de los países del Sur. Este desfase entre el ámbito de actuación del capitalismo y el de partidos y sindicatos de la izquierda supone una contradicción fundamental que ha sido nítidamente enunciada por el nuevo Presidente del SPD alemán, Signar Gabriel: “Las soluciones a todos los grandes problemas a los que estamos confrontados son internacionales, mientras que las respuestas que somos capaces de dar son, en lo esencial, nacionales”.

En el campo de las ideas, el liberalismo y el ultraliberalismo económico han vuelto con enorme fuerza en los años 80, y más aún tras la caída del comunismo en los años 90, imponiéndose como ideología dominante. De tal manera que la relaciones de fuerza en el terreno económico, social, político, ideológico sobre las que reposaba el compromiso socialdemócrata posterior a la segunda guerra mundial se ha roto en beneficio del poder económico y en detrimento de los trabajadores y de los Estados nacionales. El capital ha impuesto rentabilidades rápidas y de, al menos, un 15% para los accionistas, el debilitamiento del derecho del trabajo y la progresiva reducción del Estado social. Ha ido imponiendo el modelo anglosajón de capitalismo en detrimento del modelo de capitalismo renano y escandinavo y, al hilo de la crisis, se apresta a darle un golpe de gracia al modelo social europeo.

Frente a esta situación, la socialdemocracia y el socialismo han ido adaptando, en un principio, su ideología y los programas de acción a distintas formas de “social liberalismo” en España, de “terceras vías” en el Reino Unido y en Alemania, de neo-social-democracia en los países nòrdicos, de social-estatismo en Francia. Unas políticas que han sido defensivas en el ámbito económico y social y ofensivas en el campo de los derechos individuales. Sin embargo, al final tales políticas no han podido evitar la distribución de la riqueza a favor de las rentas del capital y en contra de las del trabajo, un aumento de las desigualdades desconocida en Europa desde los años cuarenta, el incremento de los trabajadores pobres, las altas tasas de paro, el gran aumento de la precariedad del trabajo, el debilitamiento y la degradación de los servicios públicos.

De tal manera que los partidos mayoritarios de la izquierda han ido sufriendo una progresiva desafección de los sectores más profundos de su electorado. La crisis de la socialdemocracia es, más que un triunfo de los postulados de la derecha, una crisis de confianza y de decepción de la parte socialmente más vulnerable de su electorado. Durante un tiempo, ello ha sido compensado por el miedo a las medidas que podía adoptar la derecha desde el poder. Pero las escasas diferencias de las políticas de gobierno en el terreno económico, que condiciona la social, y el desarme social que produce la realización de políticas de derechas por la izquierda parece estar anulando dicho efecto en la mayoría de los países europeos.

La falta de credibilidad del proyecto socialdemócrata, además, proviene de la disociación entre los valores que predica y las políticas que practica. Defiende la igualdad, pero, en la práctica, sólo se centra en la no discriminación, especialmente la de género. Manteniendo, en cambio, posiciones totalmente contradictorias en otros campos esenciales para la igualdad, como la política fiscal – esencial para mantener servicios esenciales para la comunidad de calidad -, la distribución de la riqueza – que depende, en primera instancia, del poder de los trabajadores, debilitado reforma tras reforma en no pocas ocasiones realizadas por la propia izquierda -, la enseñanza pública y gratuita para todos – erosionada por la reducción del gasto público y el los conciertos favorables a la enseñanza privada -, los recortes de la protección social, especialmente de las pensiones públicas al tiempo que se subvencionan las privadas, la incorporación de la gestión privada en la gestión de la sanidad pública.

La izquierda mayoritaria sigue, por otra parte, sin asumir en todas sus consecuencias el desafío medioambiental. Al tiempo que ha dejado de colocar en el centro de su proyecto el valor del trabajo. Hoy, en nombre del empleo, se puede hacer cualquier cosa con el trabajo. Los programas socialistas y socialdemócratas recogen muchas más referencias a los emprendedores, a la productividad o la competitividad, a la responsabilidad social de las empresas, que a la defensa de la dignidad del trabajo. Cuando, a lo largo de la historia, el elemento central mediante el cual la izquierda ha domesticado al mercado ha sido, precisamente, el de otorgar al trabajo derechos y protecciones sociales.

De otro lado, la socialdemocracia dice una cosa y hace muchas veces otra. Por, ejemplo, poco o nada tienen que ver las posiciones que ha adoptado el Partido Socialista Europeo, liderado por Poul Rasmussen, en el Manifiesto de las elecciones europeas de 2009 o recientemente sobre las medidas a adoptar frente a la crisis, con las políticas que llevan a cabo los partidos socialistas y socialdemócratas allá donde gobiernan.

No estamos, por todo ello, ante un problema de política de comunicación, sino de contenidos de las políticas, ni de cambio de circunstancias, sino de elementos definitorios del actual capitalismo. Estamos ante la necesidad de refundación de la izquierda para mantener lo esencial de su razón de ser: hacer que cada vez más gente pueda participar en el saber, en el tener y en el poder.

La primera refundación de la socialdemocracia se produjo en los años 1920 en los que, como reacción a la deriva totalitaria de la revolución de octubre de 1917, se afirma como fuerza democrática y reformista. La segunda tuvo lugar en los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando rompe con el dogma marxista de la colectivización de los medios de producción y de cambio y reivindica el papel del mercado, de la economía mixta regulada por el poder público y la negociación colectiva. Y el papel del Estado regulador y protector frente a los riesgos sociales. Seguramente estamos ante la necesidad de una refundación de no menores dimensiones. Refundación que, probablemente, tendrá que articularse en torno a la defensa de un desarrollo sostenible, la recuperación del valor del trabajo, la justicia social como elemento central de la nueva sociedad y la primacía de los intereses de las personas en el nuevo orden mundial.

José María Zufiaur - Representante de UGT en el Comité Económico y Social Europeo

De huelgas y otros hechos salvajes

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Por José María Zufiaur…

Con motivo del incumplimiento, parcial en el tiempo, de los servicios mínimos en la huelga del metro de Madrid hemos asistido a una ofensiva antisindical de una rudeza y salvajismo que no tiene precedentes en nuestra historia reciente. Una ofensiva protagonizada por algunos líderes políticos de la derecha...

 

NUEVATRIBUNA.ES -

 

 

PARA FUNDACIÓN SISTEMA

 

...como la Presidenta de la Comunidad de Madrid, y la casi totalidad de los medios de comunicación. Un ataque que se ha beneficiado y cuya virulencia ha sido facilitada por la actitud contemplativa y hasta condescendiente del Partido Socialista, favorable al desgaste sindical ante la convocatoria de una huelga general el 29 de septiembre contra la reforma laboral aprobada por el Gobierno, convocatoria que, evidentemente, desea ver fracasada.

 

Las organizaciones sindicales siempre han sido muy prudentes a la hora de la realización de huelgas que afecten a servicios esenciales para la comunidad. En los países que, como España, están reguladas. Y en los que – la mayoría en la Europa-15 – no lo están. Por ejemplo, en las resoluciones del último congreso de la Federación General del Trabajo Belga (FGTB), celebrado entre el 2 y el 4 de junio de este año, se dice que “Sólo sindicatos libres, independientes y representativos pueden garantizar a los trabajadores la defensa de sus intereses. Para asegurar esta defensa, la FGTB da prioridad a la concertación social. Simultáneamente, exige la salvaguarda absoluta del derecho de huelga. Y, en este sentido, denuncia y combate las propuestas de servicios mínimos, tanto en el sector público como en el sector privado”.

 

Los sindicatos españoles mayoritarios no son partidarios de las llamadas “huelgas salvajes” que suponen la vulneración de la ley y que, en su práctica totalidad, suelen protagonizar organizaciones corporativas. De hecho, han sido UGT y CCOO quienes han terminado encauzando el conflicto del metro en la Comunidad de Madrid. Pero no es menos cierto que, en no pocas ocasiones, el conflicto mayor se produce, no ya sobre los intereses en litigio, sino sobre la fijación de unos servicios que en realidad son máximos, que consideran mínimo la práctica plena actividad y que suponen, de hecho, la anulación del derecho de huelga.

 

En 1993 se llegó a un acuerdo entre UGT y CCOO y el Grupo Socialista del Parlamento español sobre un Proyecto de Ley Orgánica de Huelga. Acuerdo en el que se delimitaban con precisión los derechos esenciales a proteger en caso de huelga, se definían los sectores afectados por ellos, las prestaciones indispensables a asegurar y los procedimientos para el establecimiento negociado, en cada sector de actividad afectado, de las reglas de comportamiento en caso de huelga. Era un proyecto que comprometía a las organizaciones sindicales en el conjunto de la ley y en la aplicación de los criterios que fueran a surgir de los acuerdos estables sectoriales. Y, en consecuencia, en el cumplimiento de los servicios mínimos pactados. Hacía, además, posible la existencia de códigos de auto-limitación sindical para evitar huelgas simultáneas en determinados servicios públicos de transporte o la realización de las mismas en días de vacaciones punta. La tramitación del proyecto de ley, emanado de aquel Acuerdo, prácticamente ultimó su recorrido parlamentario pero, antes de su ratificación final por el Congreso de los Diputados, el Presidente Felipe González adelantó las elecciones y el proyecto declinó. El propio González admitió en privado que la disolución de las Cortes estuvo motivada, en gran medida, para evitar la aprobación de la Ley. Norma que contaba con la oposición de la CEOE, del PP y de una gran parte del Gobierno, encabezada por el ministro Solchaga. Al final, llegaron a la conclusión de que la arbitrariedad que permitía la actual regulación les beneficiaba más que una regulación más precisa y comprometida.

 

En el caso de la huelga del metro de Madrid, el incumplimiento esporádico de los servicios mínimos ha venido precedido por dos incumplimientos no menos salvajes de la legalidad por parte del gobierno de la Comunidad de Madrid. En primer lugar se ha pretendido modificar, sin ninguna negociación con la representación de los trabajadores, el convenio en vigor. Lo que es tan salvaje como una huelga salvaje, sólo que lo antecede. Si la norma declara ilegal la huelga “cuando tenga por objeto alterar, dentro de su propio período de vigencia, lo pactado en un Convenio Colectivo” hay que colegir que esa misma ilegalidad, ese mismo comportamiento “salvaje”, es atribuible a la parte empresarial cuando pretende alterar unilateralmente el convenio. En segundo lugar, ha establecido unos servicios mínimos claramente abusivos que, como ha sucedido en tantas ocasiones, terminarán siendo rechazados por los tribunales dentro de algunos años, sin consecuencia ninguna para sus promotores.

 

El desmesurado ataque de las últimas semanas a los sindicatos contrasta, por otra parte, con otro tipo de comportamientos “salvajes” que apenas si merecen atención. Salvaje y antidemocrático es el conato de desacato del PP a la Ley del Aborto. Asilvestrada y poco acorde con la letra de la Constitución, que establece que todas las normas y poderes están sujetas a la misma y, por tanto, al control de legalidad del Tribunal Constitucional, resulta también la movilización de los poderes públicos de Cataluña contra la sentencia del TC.

 

De no menos salvaje cabe catalogar el que, conociendo el enorme fraude fiscal de nuestro país, el Ministerio de Economía y Hacienda se haya limitado a mandarles un cortés requerimiento a las mil quinientas personas de mayores ingresos del país con rebosantes cuentas opacas en Suiza, en lugar de poner el caso en manos de la inspección tributaria y de la fiscalía anticorrupción. Salvaje parece, igualmente, que los contribuyentes que cobran 60.000 euros al año tengan el mismo tipo marginal que los consejeros de las grandes empresas que perciben 600.000 o más. O que las tres últimas reformas fiscales (dos del PP y una del PSOE) representen, en su conjunto, un coste anual de 12.000 millones de euros. Sorprendente es, así mismo, que un gobierno conservador, como el del Reino Unido, suba la imposición sobre las rentas del capital del 18% al 28% y que el gobierno socialista de nuestro país diga, por el contrario, que no toca y cargue el ajuste sobre los funcionarios y los pensionistas. Poco acorde con la cohesión nacional parece, a su vez, que sean algunas Comunidades Autónomas, y no una reforma en el ámbito del Estado, quienes suban el impuesto del IRPF a las rentas altas. Estableciendo, de esta manera, presiones fiscales diferentes entre cada Comunidad y quebrando la política redistributiva interterritorial.

 

De no dar crédito es que, debido a la crisis provocada por la voracidad del sistema financiero y la irresponsabilidad de los supervisores, se hayan perdido 8 millones de empleos en Europa, de los cuales 2,4 millones en España – y otros cinco millones que prevé se pierdan en la UE un estudio del Partido Socialista Europeo (A progressive way out of the Crisi. Recovery vs.Austerity:PES strategy to resolve the dilemma) con las medidas de recorte que se están llevando a cabo – sin que ello en absoluto tenga que ver con la regulación laboral y que, como “compensación”, se apruebe en nuestro país una norma que abarata y facilita de manera insensata y darvinista el despido de los trabajadores.

 

Alucinante resulta, de igual manera, que, emulando el autismo del Presidente del Gobierno sobre la crisis, el Banco de España haya pasado dos años ocultando los problemas de nuestras entidades financieras. Dando lugar de esta forma a que surgieran empresas y bancos zombis, con graves dificultades económicas que, aunque traten de mantener una apariencia de normalidad, no pueden funcionar correctamente, lo que ha extendido la desconfianza nacional e internacional hacia el conjunto de nuestro sistema financiero y, a su vez, ha estrangulado la actividad económica. El presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) acaba de señalar que “las empresas deben reflejar el impacto real de la crisis”, que “los supervisores carecen de toda la información necesaria para poder llevar a cabo su función de vigilancia”, que “es necesaria la transparencia de los productos financieros, especialmente de los no profesionales”, que “sin estar seguros de que las cuentas de las empresas reflejan los efectos reales de la crisis sobre resultados y patrimonio es imposible recuperar la confianza”, que “la mayor parte de las transacciones financieras se realizan en mercados no regulados ni supervisados”. Y también atacó duramente a las agencias de calificación y organismos similares. Mientras dedican sus energías e influencias a la reforma laboral, los “supervisores” son incapaces de regular el sistema financiero, o directamente carecen de la voluntad de hacerlo.

 

No menos escandaloso es que el 40% de los trabajadores españoles a tiempo completo tengan salarios – con datos de 2007, antes de la crisis - que no superan dos veces el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) y el 69,7% no superen tres veces dicho SMI. Al tiempo que las retribuciones de los gestores de las empresas españolas se sitúan a la cabeza de lo que cobran sus homólogos en la UE. Por no hablar de sus salvajes superpensiones. O que, pese a la más que moderada subida de los salarios pactada por los sindicatos en el Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva, firmado en febrero de 2010 y con una vigencia de tres años, a fecha de hoy los convenios estén paralizados y sólo se hayan registrado un 45% de convenios en comparación con el mismo periodo del año anterior. Además, las cláusulas de revisión sólo están incorporadas en un 40% de tales convenios, mientras que lo habitual es que se incorporen en más del 70% de los convenios. ¿Sería salvaje que los sindicatos amenazaran con poner, en estas circunstancias, en cuestión dicho Acuerdo, en la misma línea de lo que ha hecho la Comunidad de Madrid con el convenio del Metro?

 

En fin, la lista de salvajadas podría prolongarse muchas páginas. Pero seamos positivos: afortunadamente todavía nos quedan los sindicatos y “la roja”.

 

José María Zufiaur - Representante de UGT en el Comité Económico y Social Europeo